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El longboard y su modalidad downhill coparon las calles de la ciudad dándole alivio, adrenalina y diversión a los surfistas frustrados. Sumate, salí y practicalo!

Ingenio mata olas. La ciudad de la furia pasó a ser la ciudad de las tablas. Nada de teatros, plumas ni concheros. Nos referimos a tablas con cuatro ruedas o popularmente conocidas como longboards. Acá, un recorrido rápido que te invita a surfear el asfalto porteño.

 

Primo hermano de los primeros skate y las torpes patinetas vintage, el longboard vendría a ser el integrante cool de la historia. Como todo y como en la vida misma, determinados asuntos siempre quedan en familia. Las costumbres no se pierde y acá tengas el rol que tengas, la idea es deslizarse un rato y despejar la mente.

 

Ahora, ¿Por qué cool?. A falta de olas que vienen y van, los falsos surfistas encuentran su consuelo en las condición anfibia que les propone el longboard para contener su abstinencia. Así, experimentan una suerte de surf callejero que se levanta en el asfalto y los tracks de las ruedas transforman las calles en rodantes.

 

Este deporte surgió entre la década del 60 y 80. Su distintivo: la tabla mide más de lo habitual. Es más, puede llegar a medir entre 70 centímetros a 2 metros totales. También sus ruedas son más anchas para dar mayor estabilidad. Pero el longboard es el instrumento.

 

El plus aparece cuando sumás la cuota del Downhill, una de las tantas formas que hay de practicar este deporte urbano. Te lo remato. Podés llegar a alcanzar velocidades de hasta 100km/h. ¡Era obvio! De todas las opciones y modalidades acá íbamos elegir la práctica más peligrosa para hacerlo. Nada de carving, cruising, freestyle, dancing y freeride. No. Downhill. La verdad, no me extraña que suceda en el país de los extremos.

 

Piensen que para estos locos del asfalto, cualquier pendiente, inclinación, bajada pero no necesariamente una subida, son sinónimo de diversión y adrenalina absoluta. Más, si agarran velocidad en una curva. Eso sí. Rezale a un par de santos y confiá que el semáforo no dé luz verde en el momento de llegar al final de la pendiente.

 

Dada su impronta callejera, no existen todavía lugares oficiales donde iniciarse en la práctica. Pero no te desanimes. Hoy la pista es la calle misma y Buenos Aires le regala a los longboarders unos rincones increíbles para divertirse.  

 

Los fines de semana, muchos aficionados se juntan en la calle República del Líbano para tirarse 200 metros por la bajada que desemboca en Av. del Libertador. Otros van a la bajada de López y Planes y el Río en Martínez. Suerte de principiantes corren los que van al Parque de las Mujeres en Puerto Madero donde el asfalto todavía está nuevo, liso pero no exento de golpes. Recordemos que acá no hay agua en caso de caída.

 

No estamos seguro si es necesario tener más inconciencia que conciencia para practicarlo, pero sí te recomendamos que te animes a desafiar al asfalto. Agarrá tu tabla, pedí una prestada o comprate una. Elegí tu pista improvisada favorita y ponete el casco y los guantes. Te aseguramos que después de un par de caídas y otro par de raspones, llega la parte bella donde le tomás el gustito. Desenchufarse hace bien. Más si es mientras te deslizas en un longboard mientras vas downhill.

Escrito por FDH para Motorola.

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