La foto, repetida a lo largo y a lo ancho de los fabulosos y caóticos años ’80 y ’90, era más o menos la misma en todos lados: había poca luz y mucho ruido. Brotaba el olor a desinfectante de pino, las monedas crujían una atrás de la otra y los estímulos fluían infinitos. Las salas recreativas fueron un hito que, por razones evidentes, hacen que –hoy- la nostalgia se ponga cada vez más enorme y chiclosa. 

Algo pasó, algo provocaron: los arcades fueron un refugio juvenil que despertaron las pasiones fichineras de varias generaciones. Una, dos, tres, ¿quién sabe cuántas? Fue en el centro porteño, fue en la Costa Atlántica. Fue en medio de vacaciones playeras y familiares, fue durante crudos inviernos en plenas rateadas del cole. Y no, acá no vale decir “yo no fui” ni “que no se entere mamá”: nadie le escapó al vértigo de esa aventura tan digital como urbana. Y ahí estaban siempre, inmarcesibles, poderosos, como un imán de experiencias, los arcades y las salas recreativas: estimulantes derroteros llenos de teen spirit y vicio videojugabilístico.

Ahora, algunas décadas después, los colores, sonidos y botones, los títulos, máquinas y estereotipos, siguen extrañamente vigentes. Si bien las consolas hogareñas dominan absolutamente el mercado de los videojuegos (basta una googleada veloz para ver en qué anda cada una de las grandes marcas desarrolladoras), existe una curiosa resistencia que encuentra en los arcades a una filosofía, a un credo, a un modo de vida.

En esta guía de Hellomoto te llevamos de paseo a sitios en los que perdura la nostalgia, te invitamos a conocer a convoys de fanáticos que mantienen viva la llama de la pasión y te ponemos delante de experimentos que le sacan lustre a eso que llamamos retromanía, pero que bien podríamos denominar como amor.

La experiencia

La primera huella nos lleva a la noche de Buenos Aires: hay cerveza, hay amigos y hay, también, una fuerte intención de emular aquello que brilló en otros tiempos y que hoy encuentra –aquí- un espejo nostálgico. Con el avance de la campaña de vacunación y bajo las nuevas disposiciones municipales, poco a poco la fauna de los bares va reverdeciendo su naturaleza habitual. Así las cosas, con este envión, también volvió el ulular de los bares que reviven la magia de las salas recreativas.

 

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De esta manera, regresaron tras un parate Arcade Social Club y Bar El Destello, dos emblemas de las salas recreativas 2.0. E, incluso, como el caso de El Destello, con una nueva propuesta: habilitaron una veredita muy petitera y están pelando unos pop-ups más interesantes junto a algunos de los gastronómicos jóvenes más interesantes de la escena, como Maxi Zapata, ex Dellepiane. Sanguchitos gourmet y unas partidas al beat ‘em up de The Simpsons: un combo indestructible.

El arcade itinerario

En un gesto que engrandece al fan y consagra al emprendedor, los desarrolladores argentinos Hernán Sáez y Máximo Balestrini crearon NAVE, un fichín a la vieja usanza, un videojuego independiente de industria nacional, una idea itinerante y, fundamentalmente, una gran excusa para hacer amigos, viajar y jugar.

Estampa á-la-Space Invaders y look a pixel art con baja resolución y monocromo blanco y negro, NAVE es un videojuego de arcade de navecitas de esos de antes de antes, pero de ahora y más que ahora. Y, entre sus mejores chiches, un ranking que tiene players de todo el país. Entretanto, vale recordar que todo videojuego que se precie de tal tiene su propio ranking. Y, sino, vean cómo competían los fanáticos del King Kong en el documental The King of Kong: A Fistful of Quarters.

¿Cómo es que hay un ranking que tiene a jugadores de todo el país? Sí, durante estos años, Máximo y Hernán cargaron NAVE en un tráiler y se lanzaron a la aventura por toooda la República Argentina. ¿Lo más maravilloso de todo esto? Ya llevan miles de kilómetros encima y hasta tienen una serie documental: Videojuegos sobre ruedas, en la que muestran algunos de sus periplos junto a otros arcades nacionales. ¿Cuándo llega a tu ciudad? Atentos a este link.

La publicación

Parece extraño, pero es real: a esta altura del partido (2021… y contando) hay una revista independiente que no sólo documenta la historia de los videojuegos retro, sino que también estimula profundamente el nervio conservacionista. Pasión por los chasis, puntillismo de fan y devoción absoluta por Ana María, la famosa ilustradora de la mayoría de las marquesinas originales de los arcades argentinos. 

 

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Ahí, donde hay un jueguito de antes, van derechito y a paso firme los pibes de la Revista Replay. Con una salida ¡mensual!, Replay documenta los viejos y gloriosos años de las salas recreativas y le da cobertura a la movida de retrogaming. Todos los secretos mejor guardados de la cultura gaming nacional encuentran su cauce en una publicación que rinde tributo al espíritu de antaño y se emplaza como una guía para encontrar, desclasificar y metabolizar los misterios de los arcades argentinos.

El ciclo en pausa (y algo más…)

Hubo un ciclo mensual, que coqueteó con lo quincenal y ahora anda algo frenado, que honró 100% a los arcades y entronizó un fetichismo absurdo y genial sobre lo retro. Sucedió en Buenos Aires, se daba cita los fines de semana. Allí, fichines como Capitán Menopausia, Suicide Sniper, Jupitrón, entre otras creaciones por fuera de los cánones, conformaban la atracción principal del ciclo Muere Monstruo Muere (no confundir con el tema de Almafuerte ni con el exquisito film de Alejandro Fadel).

Inolvidables noches en el Teatro El Mandril, ocasionales tardes en Tecnópolis, Muere Monstruo Muere juntó lo mejor y más deforme del cine Clase B (se exhibieron desde Kiss contra los Fantasmas hasta una versión con audio latino del clásico Commando), los tatuajes y una peculiar pero distintiva temperatura nerd, casi como de comedia norteamericana con Seth Rogen y James Franco. ¿Todo eso puede ser cool? Sí, cool y mucho, mucho más. ¿Se llora el tango porque el ciclo no está actualmente activo? No, para nada: “Este año volvemos sí o sí”, dijo Juan Manuel La Volpe, su organizador, en exclusiva a Hellomoto. ¡Los arcades son para siempre!